Los (des)encuentros cósmicos. Por Sofía Rodríguez

Justo antes de retirarse, el astrónomo Schiaparelli afirmó haber visto una red de canales en la superficie marciana. “Canal” puede ser simplemente un surco o una formación cóncava en un cuerpo o una tierra, puede ser el resultado de fenómenos naturales u obra de la ingeniería. Cuando Schiaparelli dijo haber visto canales tenía una connotación geológica, traducido al inglés este matiz se perdió. Pronto, la afirmación desencadenó una fascinación respecto a la posibilidad de vida en Marte, especialmente en Lowell, un diplomático estadounidense amante de la astronomía. Lowell dedicó años a la observación del planeta. Estaba convencido de la existencia de una red de canales a lo largo de toda su  superficie-así como en la Tierra se proyectaban y construían los canales de Suez, de Corintio y Panamá. Se imaginaba un Marte desértico-muy parecido a Arizona, donde tenía ubicado su telescopio-, e inhóspito, pero capaz de haber sostenido en algún momento vida inteligente. Lowell era sincero y sus ideas muy aceptadas. Sin embargo, más tarde, las imágenes del Mariner 9, proporcionaron pruebas que negaban el origen inteligente de los canales de Marte. Ciertamente, como Lowell defendía, la regularidad de los canales marcianos era signo de vida inteligente, la cuestión por resolver era, más bien, de qué lado del telescopio estaba la inteligencia (Sagan, 2005). 

Recuerdo este fragmento del episodio de Cosmos, Blues por un planeta rojo, y me pregunto: ¿Qué hacía la inteligencia sincera y consistentemente registrando datos falsos?, ¿qué postura tomamos frente a la razón y la sinrazón?, ¿frente a las figuras inestables y plurales como la verdad, la certeza y la verosimilitud?, ¿desde dónde nos narramos? 

Creo que la inteligencia no es el centro, pero que está ahí, jugando también con lo que no podemos pensar, como señalándonos los bordes. Me parece que hay algo muy humano en buscar, como Lowell, signos en el cielo, y sentido donde no hay y no puede haber; en el tratar de ver en la oscuridad, en esperar que el silencio se interrumpa, en dialogar con la soledad y buscar abrigo ante el desamparo. Hay experiencias humanas que van mucho más allá de la razón. A pesar de nuestros esfuerzos por dominar el mundo a través del conocimiento y la técnica, de comprenderlo con nuestras hipótesis y teorías, hay algo que se nos escapa. Así, como si fuera frente al mar, la inteligencia no puede más que quedarse en el borde, como un niño que juega dónde rompen las olas. 

La cuestión sobre la posibilidad de vida fuera de la Tierra sigue siendo objeto de  estudio científico por la astrobiología. Sin embargo, antes que buscar respuestas me parece interesante dar un paso atrás para pensar en las preguntas y los temas que estas cuestiones espaciales nos mueven. Porque, aunque fueran falsas las afirmaciones sobre vida extraterrestre, la ciencia-ficción parece haber puesto ahí muchas de sus esperanzas y miedos. 

La ciencia podrá proporcionar datos empíricos para evaluar la validez de nuestras hipótesis sobre la vida extraterrestre, pero la ficción evidencía que ninguna respuesta será suficiente para por producir sentido, para hacer un duelo de lo real (De Certeau, 2003).

Popper planteaba que la comunidad científica corrige los efectos de la subjetividad de los investigadores, pero no sólo la comunidad es una fábrica como apuntaba De Certeau  (2003), sino que la subjetividad es condición necesaria. No hay consumidores pasivos de conocimiento (De Certeau, 1996). No hay ciencia sin locura pues es tanto la curiosidad sincera que nos permite asomarnos a lo desconocido como la necesidad de una verdad a toda costa. Hay preguntas sinceras que en realidad son velos para no ver, o al menos no todo, son la única forma de no cegarnos, de no perdernos en lo infinito. Necesito una creencia, algo firme que, si salto, detenga mi caída. Se trata de hacer habitable el caos. 

Me parece que la pregunta detrás del telescopio no era si había o no vida inteligente en Marte. Era una pregunta, más bien, por la condición humana. Quizás tan ominosa que haya sido más prudente abismarla en el espacio exterior. Pero sigue ahí, demandándonos y produciendo ficciones. O es que algo pasa que cuando vemos al espacio, pues por diferentes que los imaginemos, los extraterrestres conservan algunas características nuestras. Así E.T. (Spielberg, 1982) tiene dos ojos, nariz, boca y pregunta por un teléfono para llamar a casa. Y de esta manera, la fantasía le da voz-entre otros temas- a soledades de dimensiones cósmicas “¿cómo podríamos estar solos en el universo? ¿millones de planetas y tan sólo uno con vida?” como si se dijera “vivo en un planeta superpoblado pero un solo extraterrestre podría hacerme compañía”. 

Los extraterrestres no sólo nos dan una narrativa dónde proyectar nuestra soledad, sino también la náusea de no poder poner distancia frente al otro, el miedo de no poder diferenciarnos y el terror de ser invadidos. Alien (Scott, 1979), como E.T, también tiene una apariencia humanoide, pero, aunque tenga ojos como linternas no tiene mirada. No hay empatía ni ningún tipo de hospitalidad. 

En el espacio exterior hemos proyectado no al otro más radical sino al sí mismo más íntimo. De los extraterrestres no sabemos nada más lo que nuestra terrenidad nos permite imaginar. Se supone que no pertenecen aquí, pero tampoco a ningún lado. Son extranjeros en todas partes, pues no se ha encontrado un astro al que, sin dudas, podamos considerar suyo. Por eso se transportan en naves o platillos voladores. Cuando hablamos de vida extraterrestre creo que también hablamos de la posibilidad de pertenencia. Los seres humanos, de cierta manera, tampoco tenemos un lugar de pertenencia ya dado, un origen definido a dónde poder volver. Son una construcción de fuerza y afecto; tensiones que nos sostienen y nos limitan, que hacen posible una perspectiva y un espacio al que llamar “propio”, a pesar de nuestra indefinición y contradicciones. 

Sin embargo, creo que la ciencia-ficción no se pregunta tanto por ausencias de los extraterrestres, por lo que han dejado atrás, como por aquello que buscan. Parece que nos buscan a nosotros. Se reedita la historia de una huella en la arena de una isla desierta: Hay otro. No sabemos quién es, ni qué quiere; pero sabemos que no lo arrastra el viento, tiene voluntad. Es un torbellino de fuerzas ancladas a un cuerpo, una historia y una tierra. Siempre hay riesgo, quizás pueda hacernos daño. Pero nosotros tampoco estamos indefensos, podemos luchar a muerte si así lo necesitamos. Podemos paralizarnos o huir, atacar o flirtear; la cuestión es hacia dónde apunta nuestro deseo. Pero a diferencia de una isla dónde a pesar de un naufragio estaríamos en casa y sabríamos interpretar por lo menos algunos signos básicos, la posibilidad de un encuentro extraterrestre podría dejarnos a la merced de lo desconocido. De Viernes y de los integrantes la tribu caníbal de Robinson  Crusoe, sabemos que necesitan aire, agua y alimento para sobrevivir, amor e historias para vivir; de los extraterrestres no sabemos tanto. 

En los extraterrestres ponemos en juego toda nuestra agresión. En las caricaturas muchas veces los extraterrestres vienen a capturar a un ser humano ya sea para hablar con “nuestro líder” o  para estudiar la vida terrícola. Aquí ya no hay canibalismo, pero hay extraterrestres que como virus que buscan parasitar nuestro cuerpo para reproducirse (por ejemplo, en la película Virus de John Bruno, 1999). Otro se apropia de nosotros. Es la dialéctica del amo y el esclavo. Si como dice Guillermo Del Toro (2018) “los monstruos son los santos patronos de nuestra dichosa imperfección. Y permiten y encarnan la posibilidad de fallar y vivir”, para mí los extraterrestres son los santos patronos de los (des)encuentros. Son la curiosidad asomarse a ver al infinito aceptando en riesgo de que lo que encuentre no sea lo que yo espero. Son el vértigo de ver más allá de la soledad, el deseo de ir más allá y el reconocimiento de que el otro tienen voluntad, deseo y toda la libertad del mal. Pero también, la náusea de no poder poner distancia, la pérdida de certezas, el terror de sentirse invadido y la fuerza de una lucha a muerte. Los extraterrestres son el desconcierto de que el otro no esté ahí dónde lo busco y de encontrarme en aquel a quien pensé el más extranjero. Es saber que después del (des)encuentro yo ya no seré el mismo, porque el otro se escapa a mi pensamiento y evidencia distancias insondables…


Referencias:

Carl, Sagan. (2005). Blues por el planeta rojo en Cosmos. Barcelona: Planeta. 

Guillermo, Del Toro. (2018). Conferencia en la ceremonia de los Golden Globes Awards. Estados Unidos. 

John, Bruno. (1999). Virus. Estados unidos: Universal           Pictures. 

Michel, De Certeau. (2003). Historia y psicoanálisis. México: Universidad Iberoamericana. 

Ridley, Scott. (1979). Alien. Estados Unidos: 20th Century-Fox. 

Steven, Spielberg. (1982). E.T. the extraterrestrial. Estados Unidos: Universal Pictures. 


Sofía es Psicóloga por la Universidad de Monterrey. Ha continuado su formación en filosofía y psicoanálisis en el Colegio de Saberes. Ha trabajado en programas de acompañamiento de jóvenes con discapacidad. Actualmente se dedica a la clínica psicoanalítica de adultos. Cuenta con certificaciones en Derechos Humanos, Educación Sexual y Cultura de Paz. En sus tiempos libres le gusta leer, escribir y cuidar plantas.

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Más sobre la autora: Hablar de Discapacidad https://comunidadneopraxis.com/2019/05/18/hablar-de-discapacidad-por-sofia-rodriguez/

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