“Yo soy el problema” Desmitificando identidades que se miran como problemas sin solución – Fabiola Ordaz

 

El ámbito clínico puede llevarnos a senderos en donde una frase puede mirarse como una enorme montaña (sin movimiento) y un problema para pasar de lo simple a lo complejo, en cuestión de pocos minutos, basta agregar al diálogo una serie de afirmaciones que identifican a los pacientes con el problema que los trae a terapia.

He aquí una pequeña lista de algunas afirmaciones que me han tocado escuchar:

  • “Así soy yo y no voy a cambiar”
  • “Soy tontx por eso no entiendo y lo perdonx”
  • “Soy incapaz, por eso no tengo la vida que mis papás esperaban que tuviera”
  • “Soy insegurx, por eso le pido que me diga dónde está, con quién y que me mande su ubicación”
  • “Me diagnosticaron con tal trastorno, por eso no se controlar mi ira”
  • “Soy dependiente y no puedo estar sin alguien”
  • “Como es depresivx no le puedo pedir que me apoye porque puede deprimirse más”
  • “Mi esposo es un machista y lo tengo que aguantar”

Podría alargar bastante esta lista si me pusiera minuciosamente a examinar sesión por sesión el conjunto de frases que he escuchado por años, pero el tema no es lo extenso que se puede volver una lista de frases sino el trasfondo de estas afirmaciones en donde pareciera que el problema y la identidad están entremezclados, bien definidos y fusionados.

Hacer de un problema mi identidad, interiorizarlo y verlo fusionado a todo lo que soy, pareciera una práctica habitual entre quienes llegan a terapia. ¿Cómo un problema pasa a ser parte de la identidad de la persona que asiste a terapia? Ante esta pregunta podría hipotetizar que fue un proceso de aprendizaje y/o de socialización y/o de culturización, que las relaciones cercanas empezaron a mirar a la persona como “el problema” a etiquetar el problema como parte de su identidad y a la vez la persona se comenzó a ver a sí misma como “el problema”, podría mirar caso por caso si estas hipótesis tienen sentido y dialogarlo con mis consultantes a fondo y las preguntas que me surgen ante esta posibilidad son: 

 ¿Saber el origen de cómo una persona se identifica como “el problema” nos da la solución a lo que le está generando malestar en su vida a cómo se relaciona con los demás y consigo misma?
¿Cuándo se “descubren” las razones y causas que la llevaron a verse como “el problema” se cura esta identidad creada quizás por años, mantenida por sus relaciones más importantes y por todas las historias que se cuenta de sí misma?
¿Cómo desmitificar que las personas son por sí mismas “un problema” estático, caótico y sufrible?
¿Cuándo las personas hablan de sí mismas como el “problema” la escucha del terapeuta y su postura les afirma que lo son o les da esperanzas sobre que estas ideas fijas pueden mirarse desde otros lugares?
¿Los diagnósticos realizados por profesionales de la salud dan claridad a la identidad de los pacientes o los condenan a mirar su posible trastorno o sus síntomas como fijos, sin remedio y sin posibilidades?

 

Como terapeuta, la ética del cuidado, me lleva a replantearme cada vez que  escucho estas frases cómo se pueden llevar hacia lugares con más posibilidades y esperanza para quienes asisten a consulta.

El tema de la identificación como “el problema” y el de la “identidad como un problema” me parecen interesantes para comenzar a cuestionar un poco estas ideas que a simple vista me parecen fijas, autoritarias y totalistas.

Un concepto que me generó luz en medio de esta oscuridad es el del yo relacional   (Gergen, 1991) el cual señala que el “yo” se construye con base en las relaciones y sus significados, este concepto me ayuda a destotalizar la identidad problema, pues pone la identidad frente a muchas relaciones en donde habrá relaciones que no vean a las personas como “el problema”, nos dice que el ser, se define en virtud de cumplir un determinado papel en una relación (roles y funciones) y  como las relaciones van cambiando. El concepto es flexible y se puede utilizar en la terapia, para desmitificar el famoso “yo soy el problema”. 

Entre la diversidad de relaciones que pueden ver a la persona separada de sus problemas, una en particular me parece importante  destacar y esta es la relación terapéutica.  La cual puede ser una luz dentro de estas identidades catalogadas como el problema. Desde la postura y mirada del terapeuta se pueden: engrosar las historias de “soy un problema” o se pueden empezar a mirar a las personas separadas de sus problemas y a su identidad como punto y aparte de sus problemas cotidianos.

Si pensamos nuestra identidad con base en todas las relaciones que hemos construido desde nuestra incursión por la vida hasta el día de hoy ¿Tendríamos una identidad o un conjunto de identidades? ¿Soy la misma persona con mis amistades que con mis pacientes? ¿Soy la misma persona con mi papá que con mi mamá? ¿Soy la misma persona con mi pareja que con mi expareja? Podríamos analizar si la identidad se define como una “esencia”, una “personalidad” o como un conjunto de “roles y funciones” otorgados por contextos sociales en donde el foco está en la interacción con el Otro, por tanto, la identidad propia se vuelve relacional. ¿Quién sería sin el otrx que me mira y me regresa con su mirada una idea de quien cree que soy? ¿podría ser alguien sin las palabras que los demás han puesto en mi identidad?

Una de las ideas que nutrió el desarrollo de la externalización del problema, técnica narrativa empleada por Michael White para trabajar con el problema de ver a la identidad de las personas adheridas al problema que requieren cambiar, fue la idea de que en las prácticas de fragmentación se asignan identidades que pueden considerarse “fijas” “deterioradas” “internas” y que separan a quienes tienen estas etiquetas del resto de la población, y lxs etiquetan con términos de enfermxs, locxs, entre otras etiquetas que demarcan lo que es “normal” y lo que no, lo que se ajusta a discursos dominantes y lo que se le opone. Es una mirada llena de roles, reglas y posturas normativas que tratan de medir con una misma vara a todes para homogeneizar lo variado y diverso de un grupo, de una sociedad, de las personas. (White, M., 2007)

Mis conclusiones probablemente temporales marcadas por el contexto en el que me encuentro inmersa el día de hoy son las siguientes: Soy quien soy por un montón de motivos y razones, por una gran acumulación de relaciones, experiencias y aprendizajes, que si me preguntas quien soy, lo podría resumir en: por ahora, elijo ser a quien tú quieras ver

Cuando miro a mis pacientes me gusta separar sus identidades de sus problemas, al final soy una creyente de que la relación terapéutica puede ser la piedra angular, es decir, está antes que todos los modelos y técnicas, si esa piedra no está adecuadamente cimentada y cuidada, por más bueno que sea el modelo y la técnica o por más renombre que pueda tener la persona del terapeuta, el esperado “éxito” en la terapia sin ese ingrediente no llega. 


Referencias:

Gergen K. J. (1991). The saturated self. New York: Basic Books. Traducido al español como El yo saturado, dilemas de identidad en el mundo contemporáneo. Barcelona: Paidós

White, M. (2016). Mapas de la práctica narrativa.  Santiago de Chile: Pranas Chile Ediciones.


Fabiola Ordaz es Licenciada en psicología por la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Curso un semestre de intercambio en la Universidad de Sevilla, España. Cuenta con maestría en terapia familiar sistémica por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Se ha desempeñado como terapeuta familiar en el CRIT Ciudad de México. Ha trabajado con familias, parejas y adultos en centros de salud integral. Actualmente cursa un diplomado en tanatología por el Instituto México de Tanatología A.C. y se ha desempeñado como psicóloga clínica por 8 años.

Contacto:

Mail: ola_faby_3@hotmail.com
Facebook: https://www.facebook.com/Ampliando-posibilidades-terapia-psicol%C3%B3gica-100340911745523

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