De lo lingüístico a lo lenguájico o bien, del discurso en la terapia – Gustavo Millán

La historia de la psicoterapia moderna puede considerarse, dado su desarrollo, una gran nota al pie de página de la teoría psicoanalítica ortodoxa que ha desvinculado más por incomprensión que por realidad, las intrínsecas relaciones entre la mente (sea lo que eso signifique) y el cuerpo, homologando esa escisión en otros aspectos fundacionales de las sociedades occidentales, a saber: objetividad-subjetividad, normal-anormal, colectividad-individualidad. 

Quizá esta separación sería compleja de puntualizar en un escrito tan sencillo como éste, sin embargo, comprenderla, por muy superficial que sea, puede abrir caminos en lo tocante al aspecto político y no estrictamente médico del quehacer psicoterapéutico. Así pues, gran parte de este proceso está anclado a momentos específicos de teorización y práctica en torno al lenguaje, siendo el Círculo de Viena y su producto científico: el positivismo lógico (o ingenuo), así como el giro lingüístico de los 60´s, los momentos que mejor representan las tradiciones subsistentes, imperantes y en disputa en la actualidad. 

El lenguaje como reflejo de la realidad

El círculo de Viena puede ser considerado el estandarte más sofisticado del siglo XX que, unido a los valores de la época, buscaba dar cuenta de una realidad objetiva, independiente del ser humano y que pudiera ser estudiada para ser manipulada y predicha. Si el lenguaje entró en esta empresa, fue en calidad de herramienta, un mero reflejo de la realidad que a su vez servía como transmisor de información. Con aquellas características, el ojo de la crítica no podía recaer en la especificidad del lenguaje, sino en las condiciones internas (orgánicas o psíquicas) que procuraban su función. 

La traducción de estas características en el ámbito de la psicoterapia, si bien pareciera ser un “algo” distinto, conservaba su mayor función: la de referir algo más allá, ignoto y encubierto de la realidad. Al menos esta es una relación evidente en el psicoanálisis emergente de la época, en la que el lenguaje, estructurado por “condiciones psíquicas”, revelaba la vida mental de las personas desde un ángulo individual. Su uso, era evidencia de la normalidad o anormalidad; ajuste más bien a los estándares sociales de la época y la cual fue utilizada como método de clasificación de lo moralmente valioso y lo incomprensible. 

Como era de esperarse, algunas condiciones de vida fueron encasilladas si no cumplían las mínimas reglas sociales: la heteronorma, el buen comportamiento diferenciado por género, la reproducción como concepto clave del matrimonio y las relaciones, el control de las emociones, entre muchos otros, fueron la vara con la que se midió todo lo que no caía en sus límites y la homosexualidad, la neurosis, la melancolía (posteriormente nombrada depresión), etc., pasaron a ser enfermedades del alma, o bien trastornos mentales. 

Con ello se establecía una clara relación entre el conocimiento producido por las disciplinas “del alma” y el uso del lenguaje como portador de ese conocimiento-verdad. Quienes se formaban en ellas, poseían un valor mucho mayor que aquel al que trataban y los psicoterapeutas, psicólogos, neurólogos, etc., podrían clasificar a su vez a sus pacientes; al mismo tiempo dejaba clara la división entre quienes podían tener cierto conocimiento válido y quienes no. La importancia que se le otorgó al lenguaje como sistema, también fue acompañado por la visión que Ferdinand de Saussure le dio al estudio de los signos en la vida social, paradoja interesante si se considera que su mayor comprensión estaba basada en la visión del lenguaje como sistema sincrónico, en torno a las leyes que regían su funcionamiento y no por su uso mismo. 

Conforme avanzó el tiempo, el lenguaje llegó a colonizar otros espacios que ahora llamaríamos sistemas de significación, como lo kinésico o lo proxémico. Esto fue así por al menos dos razones: por que si el lenguaje revelaba la vida mental y por medio de él podíamos nombrar lo que existe comparándole con ese conocimiento científico imperante, entonces, el lenguaje debía ser el sistema interpretativo de la realidad; los movimientos, las entonaciones de voz, la ropa, todo podía ser visto a través del vidrio lingüístico. Y porque, así como se entronó a la cura por medio de la palabra, el gremio médico en torno a la psique basó su ulterior desarrollo en la conquista de la neurona y la tesis de los trastornos mentales como consecuencia de desequilibrios químicos.

El auge del lenguaje como construcción de la realidad

Ya en los años 60´s, la tesis de Wittgenstein, o de su segunda época, inaugurada póstumamente, planteaba la idea de que la realidad no podía simplemente tener sus límites en los límites del lenguaje. Aquella posición nominalista, avivada por el mismo austriaco fue cuestionada por sus reflexiones sobre el lenguaje y el sentido como resultado de su uso. Dicha posición resonó ampliamente y el lenguaje pasó de ser una herramienta de transmisión de información a un sistema que creaba (o, mejor dicho, significaba) la realidad, no ya de manera individual sino colectivamente: en el uso del lenguaje se vislumbraban las reglas de juego y formas de vida que podían emerger. 

En las ciencias sociales se sumaron otros movimientos en las décadas subsecuentes, como la sociología del conocimiento de Ashmore, la construcción de la realidad social de Berger y Luckmann, la cibernética batesoniana, el giro semiótico de Fabbri, el giro retórico y estésico, los feminismos, entre otros, que ponían al centro de sus investigaciones al lenguaje como un sistema de generación de significado, como una función de las relaciones interpersonales y no como conocimiento determinado por características intrínsecas.  

Esta nueva ola de estudios del lenguaje es lo que llevaría a pensarla, vista desde la lingüística sistémica-funcional de Halliday, no sólo como conocimiento (perspectiva intra-orgánica), sino también como comportamiento (perspectiva inter-orgánica). Lo que hacemos con en el lenguaje va más allá de una revelación individual; se trata de una práctica viva adecuada por condiciones históricas, políticas, sociales, temporales y relacionales. 

Al nombrar con el lenguaje, nombramos desde los conocimientos que cada persona tiene sobre la vida y sus relaciones, pero a su vez, este nombramiento es un acto esencialmente político o relacional del cual emergen nuevas comprensiones; lo que llamaríamos: lenguajear. Esto es que, más allá de que en terapia otorguemos un “diagnóstico adecuado” a la experiencia descrita por los consultantes, tal diagnóstico extiende sus efectos a quienes se relacionan y viven con el consultante, produciendo y reproduciendo las condiciones de vida necesarias y lógicas del cual nace lo que nombramos. Esto es, todo uso del lenguaje, o mejor dicho, todo discurso (como práctica y no necesariamente como sistema en términos estructuralistas) además de describir la realidad, también la prescribe.

El discurso es en sí mismo conocimiento socialmente construido y válido para momentos de relación específicos.

Lo lingüístico y lo lenguájico en terapia

Así pues, si aplicamos ambas posiciones a un caso terapéutico ficticio, como puede ser una mujer que acude a terapia porque se siente “deprimida” podemos extraer consecuencias distintas.

 En el caso del primero, nombrar la experiencia de “depresión” como una vivencia estrictamente individual, nos conduciría por el camino tautológico de reafirmar lo que ya ha sido nombrado, desde el lenguaje como un reflejo de la realidad el trabajo del terapeuta se convierte en verdugo de lo moral, las preguntas podrían estar orientadas a confirmar o desechar la vivencia, al margen de las relaciones lógicas que procuran tal nombramiento. Con frecuencia, esta tradición encubre el discurso de que algo que se vive problemático lo es en tanto es problemático para un tercero; obviar esta distinción importante tiene por consecuencia que la persona viva doblemente problemática su posición: para ella misma y para otros. Además de marcar límites entre el terapeuta que adecua a una persona a su funcionalidad social respecto al terapeuta que cuestiona las reglas sociales como productoras de vivencias problemáticas. 

En su segunda forma, la psicoterapia, antes que validar o rechazar una descripción, buscaría comprender el posicionamiento que tal persona tiene ante la terapia. En mi práctica clínica, cuestionar sobre sus expectativas, lo que se sabe de la terapia y lo que se hace ahí, de dónde se originó la idea de que podría ser benéfico asistir a terapia y similares, conlleva poner sobre la mesa conocimientos que, si bien pueden ser similares, entre el terapeuta y el consultante, también pueden disentir. Vivirse en terapia como “loco”, “enfermo”, “incomprensible”, etc., marcan implícitamente el proceso terapéutico y, al colocar los conocimientos al mismo nivel de validez se llega mucho más fácilmente a un acuerdo y a la agencialidad de las personas. Por ejemplo, si aceptamos la idea de la depresión sin cuestionar el conocimiento que el consultante tiene -ni los propios-, podríamos encaminar las acciones a la corrección o la derivación con un psiquiatra que prescribirá médicamente; si por el contrario, exploramos el surgimiento discursivo de tal experiencia, podríamos notar que tal “depresión” está conectada con la pérdida de un algo o alguien, con la lucha entre ser de una manera o de otra, o bien, como consecuencia histórica y colectiva de aprender a ser. 

Finalmente, quiero cerrar este texto diferenciando, una vez más y quizá, más puntualmente, lo lingüístico de lo lenguájico. Si lo lingüístico hace eco de una realidad más allá del quehacer humano, estática, Verdadera e individual, lo lenguájico lo haría en torno a las acciones, las prácticas donde se nombra lo psicológico, sus efectos en torno a sus relaciones y, sobre todo, a la manera en que lo histórico, político y social es encarnado en las experiencias de los consultantes. Lo psicológico también es político. 


Sobre el autor

Gustavo Millán es Licenciado en Psicología y Maestro en Terapia Familiar Sistémica por la FES Iztacala. Cuenta Formación en Investigación Discursiva sobre los Trastornos Mentales y Análisis Multimodal por el Grupo de Psicología Discursiva de la FES Zaragoza. Asimismo, es participante en el seminario permanente de género y diseño de la FAD y ayudante de investigación sobre las disciplinas del discurso aplicadas al diseño gráfico y a la comunicación visual; además de ser investigador del discurso como herramienta ética en la práctica terapéutica sistémica, así como herramienta de transformación ante las demandas sociales. Actualmente es perteneciente al Colectivo de Estudios de Género SUAyED UNAM como docente externo y docente en el diplomado de Terapia Familiar con Perspectiva de Género en IGEFAM en colaboración con el Colectivo de Estudios de Género. 

Contacto

Correogmillana1994@gmail.com
Facebookhttps://www.facebook.com/terapiasistemicagma
Instagram@psychoaisthesis

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