La fuerza de las palabras – Elí Ganem

Texto e ilustración elaborada por Elí Ganem

¿Cuántos no hemos crecido con el peso de una frase que nos dijeron de pequeños o en algún momento de nuestras vidas? ¿Cuántas veces esas palabras han regresado a nuestro presente, alterando la manera con la que nos percibimos? Al desenvolvernos con las personas, dejamos expuesta nuestra manera de pensar y actuar hacia ciertas situaciones y circunstancias. Sin embargo, el mensaje entre líneas deja al descubierto las ideas que tenemos de nosotros mismos, las cuales internalizamos posteriormente de haberlas escuchado de otro. 

Estas frases o palabras pueden tener una gama de matices, que parten desde lo favorable y finalizan en lo desfavorable; desde el “eres capaz” o su contrario “eres un inútil”; desde “lograrás grandes cosas” hasta “dudo que llegues a lograr algo en tu vida”; desde un “te amo” hasta no recibir absolutamente palabras de cariño y apoyo; desde el “eres muy bonita” hasta algo tan hostil como “deberías bajar de peso, porque te ves mal”; desde el “eres muy guapo” hasta frases que bajan el autoestima como “dudo que alguien quiera estar contigo en la vida”; desde el “estamos orgullosos” hasta la desvalorización de tus esfuerzos y logros como “podrías haberlo hecho mejor” o en su defecto “sí, pero no se compara a lo que hizo…” Estos ejemplos, como muchos otros, contienen un sinfín de variantes que actúan de maneras distintas en las personas. 

Las palabras que nos dicen, tienen la capacidad de construirnos o destruirnos, y desafortunadamente no existe algo llamado el <momento clave> del cual podamos anticiparnos y por ende, cuidar lo que decimos; las palabras o frases que nos marcan, las podemos escuchar en cualquier momento de nuestra vida, no obstante, las que más impacto tienen, las escuchamos de pequeños. Si decidimos escuchar, podremos percatarnos de estos mensajes, sobre todo de los hostiles. Por ejemplo, una madre que invalida lo que su hija le dice con total emoción y seguridad con un “tú no sabes porque eres chiquita” agregando un tono de burla hacia la niña, por jactarse de inteligente. 

Las palabras dolorosas, hirientes y negativas no solo afectan a quien las recibe, sino también a quien las expresa, afecta el pensamiento y la actitud con la que uno se desenvuelve en el mundo. La hostilidad de nuestros comentarios es incómoda para nuestros semejantes y para nosotros mismos, cuando nos los adjudicamos; por lo tanto, ¿qué sucede cuando se los expresamos a un pequeño?, no solo genera confusión, sino también inseguridad tanto de su entorno como de su persona, provoca dolor, engendra vacíos y con ello una necesidad de afecto, la cual siempre queda insatisfecha; crea enojo al igual que decepción, por último y más lamentable, da origen a ciertos fantasmas con los cuales cargarán casi toda su vida.

¡Y vaya como pesan esos fantasmas!, porque son en los momentos en los que nos sentimos más rotos, cuando esas palabras se reviven en nuestra mente como si estuviéramos manchados o marcados de por vida; y si creíamos que habíamos logrado superarlos, son estos momentos cuando nos damos cuenta que no ha sido así. Y consideramos que todo se soluciona, evadiendo o fingiendo fortaleza ante lo que un día se nos dijo y nos hirió, pero la realidad es que no es así; curiosamente la manera de sanar las palabras que se nos dijeron, es diciéndonos nuevas y permitiendo recibir otras. Se necesita hablar para poder sanar y se necesita de alguien que sepa escuchar para poder leer y entender esos mensajes que entre líneas comunicamos

 Ya que crecimos nos corresponde trabajar con nuestros fantasmas, que aunque fueron generados por otros, se han fortalecido y mantenido por decisión propia. Hay que comenzar a responsabilizarnos de lo que hoy somos, y esto también implica entender y aceptar que no se pueden sobrellevar las heridas, los vacíos, las decepciones, los enojos y las carencias por cuenta propia, que se requiere de alguien que tenga mayor experiencia en el campo y que ello no nos hace débiles o inútiles, sino más fuertes y resilientes. Tenemos que sanarnos primero para que no descarguemos nuestros fantasmas en otros, sobre todo en los más pequeños y que nuestra hostilidad no sea el origen del dolor de otro. 


Sobre la autora

Elí Ganem es mexico-libanesa y tiene 27 años. Es Licenciada en Dirección de Arte  por Miami Ad School (México-Madrid) y Acupunturista y MCIsta Cuálico Integrativa. Actualmente estudia la Licenciatura en Psicología por el Centro Eleia. Asimismo cuenta con un diplomado en “Femenino – Masculino”, por el Centro Eleia. Es una apasionada en el Psicoanálisis, la Mente Criminal, las Leyes, la Arquitectura, el Diseño, el Arte, y los árboles. Pinta desde hace 10 años por lo cual busca implementar el arte y la psicología en sus actividades. Desea ser una psicoanalista integral.

Contacto

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3 comentarios sobre “La fuerza de las palabras – Elí Ganem

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  1. Muy buen tema, creo que siempre como adultos, estamos acostumbrados a usar un lenguaje agresivo derivado que vivimos en un mundo lleno de complicaciones y debemos competir dia a dia, por eso llegamos a olvidar el peso de las palabras en las mentes jovenes y que aun estan siendo forjadas, buena lectura y espero que le llegue a mas personas.

    1. Gracias, y creo que tienes razón, parte de nuestro lenguaje agresivo y hostil se debe a nuestra cotidianidad.

      Gracias por leerlo.

  2. Muy importante la aclaración que haces sobre trabajar esas frases que nuestros padres decían cuando éramos niños. Ellos también recibieron una formación, no son perfectos y son el reflejo de la historia familiar; por esta razón, algunas cosas que sucedieron de niños, incluso son sin intención de herir. Creo que el perdón es parte importante de este proceso. Muchas gracias por sus palabras.

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