A dos años de la pandemia ¿Cómo (re) pensar la “normalidad”?

Texto elaborado por Daniel De Gyves

Sí, nos atravesó una pandemia que nadie veía venir. Y a pesar de que hay esperanzas con una vacuna que logre exterminar el virus con sus mutaciones alrededor. La remembranza del pánico moral, nada nos lo quitará.

No sólo evidenció una vez más la lógica capitalista, auspició una ilusión de volver a una “normalidad”. Aún sabiendo que el virus llegó para quedarse. Al menos es lo que sostienen virólogos, inmunólogos y especialistas al manifestar la probabilidad de volverse endémico y que continúe proliferando por el mundo. 

¿Qué nos queda frente a los desafíos de una pandemia que no termina?

Pensando en esta alternativa ¿Qué nos queda frente a estos desafíos? ¿Cómo cuidar de nuestra salud mental aún sabiendo los alcances y la distribución geográfica tan acelerada? ¿Cómo pensar en una nueva “normalidad? ¿Qué papel tiene la clínica en este fenómeno actual?

Quién diría que ya son dos años de esta contingencia que modifica nuestro curso, replanteando la dádiva existencial en todo territorio y afectos. Los escenarios se volvieron caóticos; los encuentros se resignificaron con limitaciones y angustias. Las pérdidas y el desasosiego fueron los alcances que cuestionaron el porvenir sin respuestas; las ambigüedades mediáticas (des) esperanza sin cesar.

Rezagos Azarosos de la Pandemia

El Covid-19 revolucionó el mundo… hoy en día ha infectado a más de 185 millones de personas, de las cuales, cuatro millones han muerto aproximadamente. Y aunque la vacuna no culmina con el virus, es una apuesta por intentar una inmunidad colectiva. Llevando a inesperados rezagos azarosos donde cada persona damnificada lo enfrenta desde su plano de enunciación en el mundo.

Las consecuencias son más que claras. Desde junio del 2020 un boletín informativo por el Consejo de Investigación y Evaluación de la Política Social publicó lo siguiente:

  • Se espera que alrededor de 49 millones de personas caigan en pobreza extrema
  • Se estima que aumente entre un 1 y 3 puntos de porcentajes el trabajo infantil
  • Al finalizar el 2020, 110 millones de mujeres se encuentren en situación de pobreza, sin mencionar los índices de aumentos de violencia de género
  • Dado a las dificultades para acceder a alimentos en América Latina y el Caribe. Implica un alza significativa de hambre por medio de 83.4 millones de personas
  • Además de que las poblaciones vulnerables son las que viven la crisis de manera directa, revirtiendo los avances en materia de desarrollo social.
  • Aludiendo las exacerbaciones de factores de riesgo en suicidio

¿Qué nos queda frente a estos desafíos?

Realidad alterada, compartida y aparatosa

A pesar de que la incertidumbre es intermitente, no podemos negar que el advenimiento sigue siendo incierto. Hasta hace unos días, se sabe de una variante igual de progresiva llamada Ómicron, que ha alertado a varios países y personas.

Sin desestimar ni mucho menos infundir terror.Lo que es un hecho es que continuamos viviendo una realidad alterada, compartida y aparatosa al dislocar los encuentros y espacios físicos. Empezando por los lugares de trabajo, eslabón para subsistir en ese sistema.

En este sentido, muchas medidas sanitarias han sido las herramientas que erigieron un encuentro a medias. Donde la mitad de nuestros rostros han sido pensados e imaginados por el Otro.

Duelos Colectivos de la Pandemia

La vida en muchas ocasiones se convirtió en un (sin) sentido incapaz de elaborar duelos colectivos, la tristeza fue la única compañía y la ansiedad la resistencia del cuerpo.

Tomando todo lo anterior en cuenta. El hartazgo activo muchas alarmas de salud pública al cuestionar el precarizado sistema de Salud Mental en México, donde se sabe que el presupuesto desde el año 2013 hasta la fecha, es del 2.1%, estimando que siga disminuyendo. Sin dejar a un lado las consecuencias negativas catapultadas en el estado anímico de las personas, incluyendo las nuestras.

Entonces ¿Qué pasa con la Salud Mental?

Las respuestas esperadas a cualquier estímulo que altere nuestro transitar por la vida son el estrés, el miedo y las preocupaciones constantes. El temor por ser avasalladx por los alcances del Covid-19 sigue exacerbando afecciones que a la larga traen consecuencias en la salud mental. Y con esto todo lo que se asocia con este concepto ruidoso. Lejos de instrumentalizarlo para pensar en una nueva normalidad, se convirtió en un emblema político para hablar sobre emociones, romper con el tabú e incentivar a que las personas hablen de cómo se sienten, piensan, actúan y reaccionan frente a las situaciones del mundo. El que cada quien pueda elaborar su experiencia en esta travesía llamada pandemia, es la mejor forma de dar frente a este desafío.

¿Y qué papel juega la clínica para pensar en una «normalidad»?

La clínica es un espacio de escucha, en el que una persona puede apalabrar los sucesos marcados en su existencia. A pesar de que esta pandemia atravesó de diferente manera, cada quien ha simbolizado este fenómeno desde sus propios recursos interpretativos, económicos y emocionales. Los mismos espacios terapéuticos alteraron su curso al recurrir a modalidades virtuales para sostener la exasperación de los encierros y las pérdidas, resignificó los dispositivos y sublevó a las audiencias a incorporar un espacio donde puedan articular su propia experiencia.  

Hoy en día,  pensar en una nueva normalidad nos deja atónitxs, cada quien luchó por subsistir en un mar turbulento, con olas despiadadas y maremotos incesantes. Nos recordó las vísperas de la vulnerabilidad humana. Y con todo esto, me cuesta trabajo pensar en una nueva normalidad donde no surjan preguntas, en tanto las tragedias y la inminente muerte no nos haga replantear toda esa lógica existencial heredada por los deseos del Otro. Si somos esas máquinas deseantes que el capitalismo colonial intenta apropiarse ¿Qué nos queda cuando el sistema sigue expulsando y perpetuando su dinámica voraz aplastando a diestra y siniestra esos cuerpos considerados abyectos e impensables que viven de manera directa los estragos, sin menospreciar la angustia que cada quien procesa.

Deseos heredados

Una posible es profundizar en esos deses heredados, darle lugar a ese dolor singular formulado por nuestro inconsciente, descolonizar esos discursos impregnados en la piel y cuestionar todas las ramificaciones existenciales. Llámese psicoterapia o análisis, la mejor forma de pensar en la normalidad, es posicionarse frente a las sensaciones, el dolor y la(s) pérdida(s). Llevar al límite los sentimientos marcados por el sufrimiento  y el deseo de manera singular. Darle lugar a estos desplazamientos  y nuevos estilos de interacción.

Pensar en esa nueva “normalidad” desde lo político es menester, pero si no hay preguntas en lo individual, poco nos permite pensar en una normalidad habitable, en la cual la angustia y los deseos del otro dejen de imperar en nuestro día a día. Y por más que intentemos generar una nueva normalidad desde lo colectivo, seguiremos viviendo desde un deseo que difícilmente sea el nuestro y no podremos trabajar en esos duelos presentes.

Reflexión final

El que tengamos un sistema de salud precarizado en materia de salud mental, convierte en un reto aún más difícil, el hacer asequible esta información para todxs, pero debemos combatir varios estigmas que han hecho que sigamos ignorando la importancia de darle un lugar a nuestras emociones.

Lejos de pensar en las dinámicas de una nueva normalidad, los estragos de la pandemia serán generacionales, nadie logró dimensionar en las caóticas consecuencias, ni tampoco contamos con montajes claros sobre el porvenir. Tomando esto en cuenta, la aflicción sigue siendo ineludible, pero difícilmente podremos sostener angustias colectivas o (re)pensar en nuevas formas de relacionarnos si no procesamos en lo individual este fenómeno desde un tiempo y espacio para esta apuesta. Quizá sólo así, sea congruente pensar en una nueva normalidad.  

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